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La compulsión de optimización

  • Foto del escritor: Psiatodo Consultas
    Psiatodo Consultas
  • 8 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

Cuando hasta el placer trabaja


El otro día vi un artículo titulado “La importancia del ocio para mejorar la productividad”. El título me resultó más preocupante que interesante. Desde principios de los 2000, las ideas de ocio, disfrute, placer y descanso empezaron a vincularse con la productividad y la optimización de procesos que, para la sorpresa de nadie, sirven a fines de mercado.


“Descanse para trabajar mejor”. “Coma sano para rendir mejor”. Haga deporte para alcanzar su mejor versión”. Incluso el ocio —hasta hace poco último bastión de resistencia de algo que servía a la nada— ahora se vende al servicio de la productividad.


Todas ellos son mensajes subliminales que moldean la intencionalidad y el propósito de nuestras acciones.


Nadie dice: “descansá para disfrutar más de tus días”, “hacé deporte para sentirte vivo”, “habitá el ocio y crea tu propia experiencia de vacío”. No. Si lo analizamos cuidadosamente, los mensajes sociales justifican nuestras acciones a través de la optimización que aportan al rendimiento y al mercado.


¿Es aquello casualidad? ¿De repente descubrimos beneficios por doquier entre los ámbitos placenteros y el rendimiento?


No lo creo. Estos mensajes tienen una direccionalidad clara: que ni se nos ocurra perder de vista que lo más importante, detrás de todas nuestras acciones, es que estemos pensando en cómo volvernos más productivos, cómo rendir mejor, cómo ser mejores sujetos de mercado.


La compulsión de optimización nos robotiza; deshumaniza la experiencia de las cosas.



Todo se contabiliza: cuántos minutos de sueño, cuántas proteínas, planificación del ocio creativo; cada milímetro del goce de la vida tomado para el goce del mercado.


La visión es más foucaultiana que nunca: la vida misma deviene objeto de gestión, el cuerpo y el tiempo son capitales a optimizar.


Mida todo, planifique el ocio, mida su descanso: no vaya a ser cosa que disfrute sin propósito. En esta economía afectiva, hasta el placer rinde cuentas. En la compulsión de optimización todos gozamos de rendir mejor.



 
 
 

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